Un día cualquiera.

Todos los días y aproximadamente a la misma hora, a eso de las seis de la tarde, desde hacía algo más de un mes, Miguel iba a tomarse un café y unas pastas en una cafetería que estaba un par de calles más allá de su casa. Se llamaba El buen despertar y era un café pequeñito, decorado al más puro estilo irlandés. Tenía varias lamparitas de cristal verde repartidas por todo el local que le daban un aspecto tranquilo y sereno. La barra, así como prácticamente todo el mobiliario, era de madera color nogal, con adornos y remaches de hierro que le daban un toque clásico. Lo único que faltaba era un leprechaun correteando y fumando en pipa. En definitiva, era un sitio sumamente agradable y limpio que además no lo conocía mucha gente ya que había que callejear un poco para encontrarlo.
Pero no era ese el verdadero motivo por el que Miguel iba allí cada tarde, pedía su café y sus pastas y se sentaba tímidamente en una esquina. La verdadera razón era la camarera, una belleza nórdica. Su pelo rubio pajizo era largo hasta quedar un poco por encima de la cintura y en su mayoría lacio y suave aunque con algunas ondulaciones. Y sobre todo brillante como un amanecer. Tenía los ojos comos dos mares en los que Miguel cada tarde se ahogaba cuando se acercaba a la barra. Además, tenía la nariz y parte de los pómulos salpicados con unas tímidas pecas que hacían las delicias del que las miraba. Él había crecido con los tebeos de las aventuras del Capitán Trueno y su amada Sigrid, una mujer de corazón bondadoso y alma guerrera que se sentía orgullosa de su pueblo. Si el mismísimo Capitán Trueno se había quedado prendado de sus encantos ¿cómo iba a resistirse él, un pobre mortal, ante la vívida imagen de la princesa vikinga? Él, de vez en cuando dejaba salir al niño de mente soñadora que llevaba dentro y se imaginaba salvándola de mil peligros, luchando contra los mongoles y escapando en globo con sus amigos Damián y Pedro, que eran lo más parecido a Crispín y Goliath que tenía. Y casi todas las noches le dedicaba el último de sus pensamientos, justo antes de que el sueño pudiera con él. Era la más pura esencia del amor platónico, del sentimiento de la idea que ella misma representaba.

Un día Miguel decidió dar un paso más y no contentarse con su relación de simple cliente. Quería conocer a la persona que estaba detrás del ideal, asumiendo los riesgos que esto suponía. Sabía que le iba a costar enlazar otras palabras que no fueran “café” o “pastas” y que si así fuera haría un gran ridículo, pero aún así tenía la férrea convicción de intentarlo. Se puso unos vaqueros nuevos, su camisa favorita, previamente perfectamente lavada, planchada y se enfundó unos zapatos que el llamaba “los pelotas” debido a su suela. Finalmente recogió su chaqueta de cuero y se dispuso a salir, no sin antes pararse delante del espejo de la entrada para ver su estampa. -Perfecto- pensó, se guiñó un ojo sin tener muy claro si lo había hecho a propósito o si era un tic nuevo surgido por los nervios y se deseó suerte.

Cuando finalmente llegó a El buen despertar ya estaba hecho un manojo de nervios. Tenía un calor aterrador y le sudaban un poco las manos. Entró, colgó la chaqueta en la percha de pie que se encontraba en una esquina y se dio cuenta de un disimulado cerco de sudor en su axila derecha. – Me cago en sus…ahora no joder, ahora no-. Volvió la cabeza lentamente escudriñando la sala por si le había visto alguien y su mirada se cruzó con la de ella. El corazón le dio un vuelvo tan grande que creyó que se iba a atragantar con él. Y para colmo casi tira la percha. Ella soltó una risita divertida y le preguntó casi sin acento si pediría lo de siempre. Él, casi sin levantar la vista del suelo asintió y se dirigió a los servicios. Apoyó ambas manos en uno de los lavabos y suspiró prefundamente, dejando salir aire, nervios y vergüenza. Se acercó a un retrete y cogió un poco de papel higiénico para secarse las axilas. El cerco de la camisa no era ni mucho menos exagerado, aunque tenía el tamaño justo para que sumado a la situación resultara un poco incómodo. Tiró a la papelera el papel y se volvió a chequear en el espejo. Se lavó la cara, se la secó y cuando ya se decidió a salir escuchó unas voces agitadas y fuertes golpes al otro lado de la puerta. En silencio se acercó a la puerta que era abatible y la abrió un poco, lo justo para ver que era lo que pasaba sin que desde fuera se notara que había alguien espiando. El corazón empezó a latirle violentamente en el pecho mientras una oleada de adrenalina le recorría el cuerpo. Y fue justo en el momento en el que escuchó el crujido de los huesos al romperse seguido de un grito de dolor cuando supo que las cosas iban realmente mal.

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